22.7.07


Bueno, este es él. Sé que pensaran que tiene mejores fotos, pero a mi me gusta ésta, especialmente porque se ve tan concentrado, contando estrellas en una noche de verano.

2.7.07

Lo que más odiaba de andar en Metro

Creación de una representación para Lenguaje y Cultura
me someto a la crítica pública
Sofía corría, como siempre.

Las escaleras se hacían eternas. Pensaba incesantemente por qué había escogido tacones ese preciso día. Luego recordaba la razón: la presentación final del proyecto que hacía semanas le había hecho olvidar por completo lo que la palabra sueño y todo su campo semántico significaba. Sentía que llevar tacones la hacía lucir más elegante, y con suerte más inteligente. Pero en ese minuto sólo recordaba cuánto añoraba sus mañanas de zapatillas y polerones estando en la universidad, cuando en esas corridas matutinas, similares a la de hoy, había conocido a Daniel.

Último escalón, al fin. Orgullosa, las escaleras no la habían vencido.
Una fila enorme se balanceaba de un lado a otro, esperando que el giro de un torniquete y el sonar de una tarjetita electromagnética determinaran quien entraba y quien no al mundo subterráneo que muchos conocían como la única forma de llegar al trabajo.
¿Cuándo comprarían un auto? No lo sabía. El trabajo de Daniel no prosperaba, y bueno, el suyo tampoco. Quizás después de hoy, al fin el contrato soñado, el dinero, el saberse parte de algo, aunque fuera de una pequeña o mediana empresa, y que cinco años de estudios no habían sido una pérdida de tiempo.

Sofía tenía la costumbre de mirar a todos lados mientras caminaba, con una enorme sonrisa en sus labios, como si supiera que en algún momento, cualquiera, podía encontrar una cara conocida a quien saludar, abrazar o besar, según las circunstancias. Parecía siempre lista, casi con la amabilidad sicópata de una promotora de supermercado, preparada para aquel momento, pero que hasta la fecha nunca había sucedido. Tal vez contaba aquel día en que divisó a la chica de los comerciales de ampolletas; lástima que no la conocía.

Repentinamente se percató de que la masa la llevaba una vez más, haciéndola viajar dentro de la estación. A lo lejos divisaba el andén, al que, con cada segundo, se acercaba más y más; si, ya sólo faltaban cerca de cuatro metros para llegar hasta él. Tendría, como cada mañana, que observar y calcular la forma precisa de, no sólo, encontrar sino lograr adueñarse de un espacio entre la multitud, todo mientras ágilmente sorteaba los codazos y empujones gratuitos de hombres elegantes y enternados, tan bien educados, que entre tanta Palm y Rolex no se percataban de sus errores. Pobrecillos aquellos.

Las luces provenientes del túnel señalaban que ya era la hora. Debía prepararse. El carro se acercaba. Comenzaron las maniobras. Uno, dos, tres, se abren las puertas. Cuidado aquí, permiso por acá. Listo. No sabía cómo lo hacía, pero siempre, de alguna u otra forma, lograba escabullirse entre la multitud para acomodarse entre una nueva masa que la esperaba al interior del tren.

Pero Sofía sabía que aquella proeza no era la parte más difícil de la jornada, al menos no en comparación con la tarea que debía enfrentar ahora: ganar un espacio, hacerlo suyo, propio, plantar una bandera con su rostro en su metro cuadrado partido por seis, un reinado que sólo se prolongaría hasta llegar a su destino, ocho estaciones más abajo.

Mientras duraba su viaje subterráneo Sofía se entretenía enumerando qué era lo peor de viajar en dichas condiciones. Había días en que el encierro matutino se llevaba todos los puntos; otros, el contacto obligado y constante de cuerpo contra cuerpo la asqueaba hasta no poder más. Esta mañana los parlantes chicharreaban un “H2”,”H2”, que Sofía interpretaba como un “tarde, hoy” “tarde, hoy”. No, no podía llegar tarde, no podía llegar tarde hoy.

Acomodada ya frente a las aún abiertas puertas de un carro estático miraba el mar humano que bajaba las escaleras, casi imitando el vaivén de su viejo columpio favorito, así, de un lado a otro, de una lado a otro… rostros, casi iguales, caras de sueño, de pena, de angustia, de ahogo… Pero el rostro aquel era algo conocido para ella, ¿dónde lo había visto antes? ¿Podría ser él?… si, lo era.

Debía saludar. O no. El no verlo desde hacía siete años había cambiado un poco las cosas. Quizás no la reconocería, tal vez ya ni la recordaba. Pero qué importaba, ella sí lo hacía, siempre, y reconocía automáticamente que su manía de observar los rostros de todos a su alrededor sólo nacía de la obsesión que guardaba de querer encontrarlo, en algún lugar, alguna vez, tal como hoy.

Había imaginado tantas veces el encuentro, diferentes formas de sonreír, qué decir, qué hacer, pero esa mañana, frente a frente, las opciones tantas veces manoseadas se resumían al silencio y al comportamiento epiléptico de un corazón que no reconocía mensajes cerebrales.
Debía saludarlo, claro estaba ¿por qué no? Alguna vez fueron amigos, compañeros, de esos que la vieron con la cara rayada y las uñas pintadas con corrector y plumones gracias a juegos colegiales, pero que aún así se le iban los ojos debajo de su pollera con la ilusión de, algún día, lograr ver más allá de esas rodillas negras y partidas entre tanto porrazo infantil y llegar hasta esos delgados muslos, cubiertos siempre de mensajes de emergencia que relucían en cada examen sorpresa.

Automáticamente su mente viajó caóticamente, sin sentido; se acordaba de José, de sus bromas, de su pelo, de su voz y sus besos, y de todo lo que hacía, que siempre salía bien. Pero Daniel, si, sus besos nunca fallaban, y qué importaba, si no sabía besar bien le enseñaría, y por qué ahora: la gente camina, pasa por la calle, personas se encuentran, se saludan, se golpean con sus hombros y carteras apresuradas porque no leen los avisos del metro y confunden subir con bajar, y por qué de todos debía encontrarse con él. Y por qué sonreír. Por qué no ignorar, si siempre funcionaba con los niñitos de las esquinas, con los mendigos, con los Testigos de Jehová, ¿por qué no con José?

Sofía supo enseguida que no podía. José tenía algo que nadie más tenía. Era una de esas personas únicas, capaces de cultivar lo bello y lo feo, a la vez, sin arrepentimientos; quien más la había hecho sufrir pero de quien guardaba los más bellos recuerdos, pero ¿por qué? ¿Por qué lo recordaba así, de tal manera, por qué seguía teniendo fe en él? José jamás había cambiado y probablemente jamás lo haría, ni ahora ni nunca, por mucho que ella esperara.
De pronto recordó lo malo, lo feo, lo negro de su historia juntos. No, no quería saber nada de él. Debía esconderse, debía de alguna manera alejarse de la puerta que aún permanecía abierta, sólo porque los parlantes anunciaban que un “H2” impedía que el carro llegara a su destino en los dos minutos que le correspondían. Pero el espacio se lo impedía. Intentar moverse sólo sería una lucha en vano, que terminaría con su cuerpo atacado por cientos de codos y maletines que se acomodaban a su alrededor.

Pero quizás no era necesario arrancar, más que mal había pasado tanto tiempo, no podría reconocerla ¿verdad? No. Cómo no iba a reconocerla, porque si, los años pasan pero tan vieja no estaba ¿cierto? Ahora llevaba tacones, ya no zapatillas y polerones como en los días en que por Daniel habían dejado de verse, y sus risas ya no sonarían de la misma manera, ni sus bromas se escucharían igual, ni sus besos… qué añoranza de tiempos aquellos que sentía. Cómo volver atrás. Si, José era la única forma. Porque sus sueños de adolescencia tardía se habían quedado atrás, con él, y el dejar que la besara podría ser la clave para recuperar el tiempo perdido. Tenía que verlo, decirle “hola amor”, quizás por fin todo sería distinto, adiós los tacones y los proyectos y los sueños… pero no.

El carro continuaba varado en el andén atestado. Sofía no sabía si José se había percatado de su apretujada presencia al interior de un tren a punto de explotar. Ý qué pasaba si él la reconocía. ¿Acaso la saludaría, o quizás la ignoraría como ella mismo deseó en un segundo pasado? Tal vez sentía la mismo que Sofía creía empezar a sentir, que la extrañaba, que deseaba revivir los tiempos de playa, sol y olas que pasaron juntos, que debía adentrarse en ese mar humano, rescatarla y empezar de nuevo… No ¿qué estaba pensando? La falta de oxígeno parecía afectarla en serio esta vez.

Repentinamente vio todo claro. Debía hablarle, si, pero sólo para liberarse de él, de su recuerdo, y de la ínfima posibilidad de que en otra ocasión, en otro encuentro, quizás furtivo, volver a caer, en sus palabras y en sus juegos, y salvarse de quedarse esperando siempre más de él, o quizás no más, sino lo justo, lo necesario, lo que nunca llegaba, y no olvidarse jamás de porqué no lo había preferido a él por sobre Daniel.

Comenzó a pensar. Salir, si, esa era la única forma de llegar hasta él. Debía mirarlo a la cara y arrojar todo lo que le oprimía de una vez, como respuesta a la bulimia emocional que la aquejaba desde siempre, o más bien, desde que dejó el colegio, cuando no lo vio más, cuando empezó a almacenar y almacenar cargas interiores, y que ahora necesitaba regurgitar, tal cual, de pronto, sin darse cuenta, sólo porque debía liberarse un poco, y la verdadera liberación estaba en decir la verdad, ya de eso había leído algo.

Sofía pensó en correr. Tenía largas piernas, y ya había calculado de que dos enormes zancadas abarcaría el espacio infinito que la separaba de José, sólo para decirle unas cuantas verdades ¿cuáles? Cualquiera. Que se había casado y que era feliz, que nunca lo perdonaría y que por mientras se encargaba de recordarlo día a día, aún cuando no quería hacerlo más. Podría decir muchas otras cosas, no sabía, estando a su lado ya vería.

Se preparó para salir, sólo bastaba dar un paso, pero miró sus pies y descubrió que llevaba tacones y no zapatillas. Levantó la mirada y lo vio, y él también la miró, tal como antes, como esos días lejanos, cuando pasaba a buscarla por la tarde, después de las clases de gimnasia y compartían dulces y chicles y besos debajo de una banca en la plaza frente a su casa, sin que mamá los viera. Sofía lo miró, firme tras el vidrio, cuando las puertas por fin se cerraban, y el carro, hermético, atestado y veloz se adentraba en el oscuro túnel subterráneo, mientras comenzaba a enumerar lo que más odiaba de viajar en metro
.

17.6.07


casi nadie sabe que estoy loca por los carruseles

11.6.07

qué obseción

Hace tiempo subi un extracto de Ortega y Gasset acerca de la obseción, de los obsesivos y los maniáticos.
Pensé en explicar la razón de aquello, pero me arrepentí, preferí que las palabras simples y sin adornos del autor explicaran por sí solas su verdadera intensión. Hoy, vuelvo a leerlas, y siento más que nunca que adquieren una connotación especial, que adquieren un pequeño carácter de estandarte de representación.


Me doi cuenta de mi innegable naturaleza obsesiva, y no es que pretenda inventar o descubrir algún elemento vital para la humanidad mediante dicha característica, como lo plantea Ortega, sino que simplemente asumo mi condición, y más aún, acepto que incluso me agrada.

Me resulta gracioso ver cómo ciertas cosas, ciertas aristas de la vida diaria, a veces mínimas y probablemente insignificantes, casi superfluas, llaman mi atención de manera tal. Si: me río de mi misma, de cómo me doi vuelta en la calle, casi sin razón aparente, a ver un piedrita, una hojita que cae, un perrito bonito; pequeños objetos, ideas, sonidos y colores... sobre todo los colores.

Hace tiempo ya, cerca de mi graduación (uff... qué tiempos aquellos) mis compañeritas de banco, pruebas y chascarros me vaticinaron un futuro rodeado de luces y colores, y no, no es que me imaginaran como una bailarina nocturna o una super stríper (admito que luego de ver a Kate Moss en sus piruetas al ritmo de The White Stripes a cualquiera le pica el bichito), sino que supongo creían que algo de mi colorida y detallada obseción se plasmaría en mi futuro laboral; sospecho que sabían más que yo lo que me dapararían los siguientes años.

Quiero terminar periodismo. Quiero estudiar estética. Quiero hacer documentales. Quiero ser orfebre. Quiero rodearme de imágenes, quizás de representaciones. No me gusta escribir historias pero amo leerlas. verlas. oírlas. sentirlas.

Quiero colores, pero verde más que nada. Quiero unir lo que me gusta y mis obseciones clásicas, que se plasmen en todo lo que me rodea. Hacia esa meta quiero llegar, y eso me obseciona, hoy más que nunca.

6.6.07

Estudiante Fascista

Hoy me describieron como una "fascista reprimida".
Intersante. Como dice N. "me han dicho muchas cosas en mi vida, pero nunca una cosa así". Sin duda, jamás una cosa así...
Todo comenzó en un almuerzo pobre. Arroz pelao' pero buena converación; supongo que una cosa mejora la otra.
Las confesiones de mi amiga V., sus experiencias, vicios y placeres. Luego sigo yo.
-sabes qué me da placer extremo?- pregunto. -Tener el control de las cosas- prosigo.
-cuando tenía que estudiar-explico -leía todo el material que podía encontrar en mi casa sobre ese proceso. Necesitaba saber que tenía todo manejado. Por eso me gusta cuando conduzco, porque sé que yo tengo el control-

Tito dice que soy fascista, pero no lo aparento.
-No sé- le replico. Le muestro mi cara, sonrío -¿esta es la cara de una fascista?-
No lo sé, me digo de nuevo, tal vez.

31.5.07


Ferdinand de Saussure me persigue, me acosa. Aparece en cada rincón.

Me quita el sueño, me interrumpe cuando duermo;

se pasea entre mis días y ensangrenta mis pruebas...

20.5.07

El Ensayo
Edgar Degas 1873-1878



La Clase de Danza
Edgar Degas



Bailarinas en Azul
Edgar Degas 1898-1899



Bailarina basculando (bailarina verde)
Edgar Degas 1877-1879


"... Degas también visitó con frecuencia las clases en donde el maestro de ballet instruía a grupos de niñas, los rats, en su difícil y graciosa labor. Ahí encontró lo que más le interesaba: el movimiento; no el movimiento libre y espontáneo, sino todo lo contrario, ejercicios estudiados y precisos, cuerpos sometidos a una disciplina rigurosa, ademanes dictados por leyes inflexibles..."

Rewald J, Historia del Impresionismo, pág. 237

8.5.07

De la experiencia de Pablo.

Pablo me mató.
Y no de la forma en que Virginia pregona su asesinato- el asesinato de Virginia (Tech)-.
Me recordó lo "responsable" y qué significa la expresión "me lo perdí". Si, me lo perdí porque, como Pablo expuso admirablemente, tenía A, B, C, D, y cualquier otra variable para determinar situaciones, que hacer.
Me gustaría que la veintena de letras del alfabeto occidental fuesen susceptibles de ser reemplazadas por actividades extra-curriculares, pero no; recapitulo: me lo perdí (llamese ya a cualquier evento recreativo) porque tenía que estudiar.
Si Pablo leyese (imagino que luego de mi advertencia de plagio lo hará) mis palabras, pensaría "y bueno, qué te perdiste?". No, no fue algo como la marcha por la legalización (mala cosa para quienes adscriben de aquella demanda), ni un concierto (como ya ha sucedido en otras ocasiones) o un evento social, o cualquier otro tipo de acontecimiento visiblemente único e irrepetible, sino que me perdí lo que anhelo, lo que para mí (y sólo para mí) es impostergable, aún cuando pueda ser repetido una y otra vez. Me perdí, y por lo visto me seguiré perdiendo, un fin de semana en casa, un día más con mi perrito (que está quedando ciego) y un tecito con papá (que ya está muy canoso) . Me perdí un regaloneo de esos que ya no suceden con mamá después de planchar, un baile desenfrenado con mi hermana (en honor a los viejos tiempos cuando encendíamos la radio y hacíamos fiesta entre los cuatro, yo bailaba con mi mamá y Javela con el papá) y una conversación por teléfono con mi abuelita.
Me perdí una película con Pe, un helado y una siesta; un ataque de deseos incontrolables por continuar mi mosaico y un paseo al campo; un arranque creativo y un asado con los amigos de siempre...

5.5.07

Recuerdo de un viernes ideal

Me gusta Providencia; no es su completa longitud, tal vez sólo en la extensión que abarca desde Los Leones (frente al Hospital donde murió Pinochet) hasta Pedro de Valdivia (junto a la Iglesia Ortodoxa). Siento también un cariño especial por su hermana paralela (no gemela) la 11 de septiembre, y si, la fecha tiene algo que ver, y no, no es lo que tu mente politizada piensa.

Cuando pienso en Providencia recuerdo una mañana de invierno, cuando acaba de llover.
Los pies en el agua, el salto mortal desde la oruga blanca o la viejita amarilla que aún recibía mis chauchas juntadas una a una.
El olor de la humedad se mezcla con el aroma del café caliente, las tartas de limón.
Todo se ve hermoso desde el ventanal enorme que separa el agetreo diario de nuestra conversación necesaria, de nuestro rito semanal, de nuestro espacio fabricado.
Las hojas de Lyon caen, una tras otra... la lluvia viene a caer también.

Nos sorprendemos cada miércoles con aquel grupo de señores de edad, que comentan y se alimentan. Que hablan de política, libros, actualidad y viejas historias, se conocen de toda lo vida, tal vez, tal como nosotros nos conocemos.

Cuando pienso en Providencia pienso en ti. En una fresca mañana de primavera, en una tarde de viernes. En un helado compartido, en una risa, en un capricho cumplido, en tu esfuerzo por cumplir. En la atención, las atenciones que me haces, la atención que me das.
Pienso en un puente, en un parque, un libro, un disco, un globo y un ticket de descuento. En un sueño, un anhelo, un trabajo, pizzerías, gelaterías, chocolaterías, joyerías, librerías, cafeterías, tonterías. Pienso en regalos, en gastos, en dulces y en salados.

Cuando pienso en Providencia recuerdo a punks, agros, tatuados, rojo, fuccia, brit y forestal; en raperos, floreros, dvds, ladrones de celulares y escolares.

Si pienso en Providencia, entre Los Leones y Pedro de Valdivia, pienso en gente y farmacias, pienso en ti y en mi, en lo que me gusta y lo que no te gusta. Me pienso en uniforme, en un viernes, cualquiera, y lo bien que lo pasabamos.

28.4.07

Mea Culpa

Puede que todo lo que aprenda me entre por un oído y me salga por la nariz, así, de inmediato.
Y me salto todas las reglas. Uso adjetivos calificativos, soy tendenciosa y odio ser precisa.
Me encanta darle vueltas a los asuntos, y me saco puros 7 en ambigüedad.
No conozco lo concreto y soy irresponsable con mis datos: no revelo fuentes, ni aclaro citas, y a veces hasta me disfrazo de delincuente porque fotocopio libros completos y caigo en el plagio.

No he leído a Cortázar ni a Fuget. Veo harta tele y me gusta.

27.4.07

Hace un par de años las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán fueron conocidas debido al conflicto territorial que mantuvieron con Endesa y el Gobierno por la construcción de la central hidroeléctrica de Ralco en el sector de Alto Bío Bío.

La pugna se basaba en la desición de Endesa de utilizar e inundar tierras ancestrales de pertenencia pehuenche-mapuche para los fines de la central, lo cual principalmente afectaría a 92 familias indígenas ubicadas en la ribera del río.

La presión impuesta por la empresa resultaría enorme, llegando a pagar elevadas sumas de dinero a las familias pehuenche a cambio de sus tierras, tierras que nadie entendía por qué no accedían a abandonar "por las buenas".
Berta y Nicolasa fueron las últimas en desistir en la lucha contra Endesa.

Aquí un extracto de "Recado Confidencial a los Chilenos", que tal vez permita entender las razones de esa lucha que muchos calificaron de "sin razón", en contra del "progreso".


"Tvfachi mapu mu lleqvn mogen ñi Kuyfikeche. Tvfachi mapu lleqvn iñche. En este lugar nacieron y vivieron mis tatarabuelos, mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres. Aquí nací también yo, no en un hospital. Por eso digo que aquí está mi sangre, aquí pertenece mi vida. Nadie me va a sacar de este lugar, aquí voy a morir.


"Nosotros, nosotras, crecimos entre muchos árboles y animales. Con ellos, con nuestra gente, con las plantas, con las piedras, con las vertientes, en los ojos del agua jugamos y conversamos nosotros. Endesa nos dice que nos vayamos. Por eso primero nos ofreció sus lujos. No me interesan sus lujos.

"Nos prometieron casas, nos prometieron lindas cocinas. Estas piedras que sujetan las llamas de mi fogón los winka no las consideran un lujo, pero ellas me cuentan, me recuerdan, la historia de mi gente. La tibieza de su ternura es la que me abraza desde niña.

"Ellos piensan que mi casa no tiene lujos, pero sus tablas rústicas son de madera nativa que mis padres labraron con sus propias herramientas. Estas maderas rústicas, entre las que habla el viento, nacieron y murieron aquí como mi gente. Pero se han transformado en el pensamiento que nos protege, que nos acompaña. Ellas han dado continuidad a nuestra vida mapuche.

"Pero bueno, si quieren empezar a pagarnos un poquito de la deuda que los winka tienen con nosotros los mapuche, si insisten en regalarme algo de su modernidad, yo la espero aquí en mi tierra, y veré qué es lo que me sirve de ella, qué es lo que tomo de ella, pero no por eso dejaré abandonados los espíritus de mis paisajes; no por eso dejaremos abandonados a nuestros muertos. No es posible que por eso dejemos abandonado nuestro Gillatuwe.

"Ahora Endesa dice que tendremos que irnos, a la fuerza, porque así lo ordena el Estado, que así lo ordena el Presidente. Pero mi gente no se debe a ellos; yo tampoco me debo a ellos, me debo a mi Padre Genechén, a mi Madre Tierra, al río Bío Bío.

"La Endesa ni el Estado ni el Presidente nos dan la comida. La comida me la da la Tierra; mis abuelos y mis padres me enseñaron a pedirle, a trabajarla, a tomar de ella sólo lo que necesito. Así como nuestra tierra tomará de nosotros sólo lo que necesita para seguir renovándose.

"Por eso digo: Que sepa mi gente, que sepan los chilenos, que los winka no me van a sacar de mi lugar. Aquí pertenezco, aquí me trajo mi Chaw Genechén. Aquí voy a morir".
Nicolasa Quintremán en "Recado Confidencial para los Chilenos", Elicura Chihuailaf.


26.4.07

Clase de Redacción

"Todos somos poetas, sólo que hay pocos que son muy buenos,
y hay muchos que son muy malos"

24.4.07

"Yo escribo, pienso y aprendo"

No soy una escritora ni poetisa, y mucho menos pretendo serlo.
Como dice Carolina "escribo porque me gusta y no porque necesariamente lo haga bien". Escribo porque quiero, y cuando digo "quiero", abarco un todo. Y si lo hago mal, aprendo. O mejor, estudio periodismo.



22.4.07

Muchos se preguntan ¿qué es Tongoy?
no, no es un invento mío
tampoco es una muletilla a la cual recurro cada 15 o 10 minutos
y no, no es de donde vengo tampoco
es sólo el lugar que por casi (y si, casi) 20 años a guardado mis más hermosos recuerdos estivales
es donde nadamos con mi Tata (si es que nadar está permitido a los 6 cms de profundidad)
y donde buscamos casas de cangrejos en la arena húmeda (¿o ustedes creían que esas burbujitas son sólo aire que se escapa a la superficie?)
las caminatas al cerro, los rezos en la Virgen
la playa de las conchitas, sus caracoles, pececitos y arenilla

las tortas de arena, no son sólo un recuerdo, son comida para cuando el Tata llegue
el techo bicolor de una casa veraniega con la vista más hermosa de la costa

Tongoy, podría decirse, es una caleta turística, la continuación de Puerto Velero, una bahía a 55 kms al sur de Coquimbo y La Serena, un cerro rodeado de agua

Tongoy es mi verano, es la niñez
es mi lugar favorito
y es donde ahora quiero estar



para que tenga una pequeña idea acerca de lo que hablo, ¿qué tal?

SE ARRIENDA


El rectángulo que se sostiene mágicamente bajo aquellos introvertidos postigos del tercer piso dice "se arrienda".

Pobre ventana, ya no la quieren.

6.3.07

Crónica 1 Parte 2

Decidí armarme de valor, o mejor dicho, revalorar los cada vez más difusos recuerdos de mi emocional verano; emocional, digo, porque por muy ridículo que paresca, nunca tuve dos meses estivales tan llenos de sentimientos divergentes y deseos incompatibles como estos. Decidí, a demás, de continuar con el relato tal vez somnífero de aquellos.

Como comprenderás, los días posteriores a los famosillos resultados pasaron como era de esperarse: con la mayor lentitud posible, dignos de una espera interminable, que entre añoranzas, dudas y paranoias varias, culminaron en un extraño viaje programa para el día lunes 15 de enero; motivada y alentada por una repentina fe en mis resultados, promovida por una orgullosa mamá y otra más aún orgullosa abuelita Cheli, me disponía a partir a Santiago en el primer bus del día, casi 20 hrs antes de conocer la verdadera situación de mi postulación: carae' raja, pero siempre rogando de que todo resultara como se supone que debía ser... Y si no? ... puntos suspensivos, no lo sabía. -Bah!- pensé- ya tendría 6 horas de viaje para pensarlo-. De pronto recordé: - odio viajar en bus-


Lo que vino después lo recuerdo como una avalancha de sensaciones físicas (si! las sensaciones que se incorporan a tu cuerpo mediante los 5 sentidos) y alucionaciones síquicas ( mm... de esas no tengo explicación). El proceso siguiente fue muy similar a lo ocurrido semanas atrás: el síndrome contrario a Cenicienta (deseando que sean desesperandamente las 12), un sistema de mensajes MSN colapsado de ventanas, páginas que no están al servicio de los usuarios cuando se necesitan (la magia de Internet), y por supuesto, mi infaltable y tan poco oportuno ataque de esepticismo, negandome a creer que el DEMRE no hace bromas con respecto a estos temas, y que esta vez si me "tocaba" (ajaja).


El día siguiente, con toda su locura matutina, resultó una buena experiencia. A pesar de que en la foto de la TUI salgo negra curiche, a pesar de que la rodilla me mataba luego de tantas escaleras (a quién pucha madre se la habrá ocurrido dichoso diseño para nuestro Mall de clases?), de los trámites eternos, de las cerradas de ojo a la asistente social y de la calurosa bienvenida... ¬¬ no puedo mentir y decir que no cuasi sonrío cuando me acuerdo... yaaaaa, me cago de la risa!! Y si sé que no es la gran cosa, pero fue una cosa grande para mí, creo que admitiré que aún lo es.


Lamento mi paso flash por Santiago. Lamento no reunirme con quienes quería, contarles todo a quienes quería, dormir lo que quería, disfrutar mi situación como quería. Pero la playa me llamaba. Y no era tanto porque el sol santiaguino amenazara latentemente con robarme mi intento de bronceado, ni que las llamadas a la mamá cada 5 segundos auguraran una cuenta telefónica kilométrica, sino que simplemente era hora de volver, más bien era la hora de empezar, porque ya todo estaba listo, porque ya no había dudas, porque ya no habría más de esos miedos fantasmas, que te siguen donde quiera que vayas pero que sólo tú ves, y porque por un segundo ya no había más miedo al fracaso.


Era, por fin, el tiempo de comenzar el verano, como Dios manda: con bikini, dulces de la ligua, quemadas rascas en la feria, juegos en el "cárton" lleno, caminatas vespertinas y refuerzos extras en la mochila, ya que luego de lloriquear y patalear y recurrir a toda clase de artimañas cual guagua consentida, por fin me traía conmigo lo único que necesitaba :)


y ahora la playa, el sol, el mar, las ganas de pasarlo bien, los churros, las compras, las chalas, las paletas y las ganas de quedarse, para siempre...


3.3.07

Crónica 1 Parte 1

A pesar de que el verano, oficial y esotéricamente (con eso de los solticios y la fiesta de la luna y en fin) aún no acaba, es hora de aceptarlo: las vacaciones comienzan a ser nada más que un recuerdo; agria o dulce, fria o tropical, la imagen mental que guardamos, o multi digital según la tecnología nos permita, se convierte en el único vestigio de los dos maravillosos meses en que, si me permiten, de vagos nos dimos y vivimos, merecidos o no.

Mi verano comenzó el 16 de enero. Y no precisamente debido a que lectura rápida y muy entretenida que me proporcionó Boris Akunin y su Ángel Caído me haya transportado físicamente a Rusia, con calendario desfasado y todo eso, sino que hasta dicha fecha mi cuerpo (junto a mi entorno físico) y mi entonces (y quizás aún) extraviada cabeza no encontraban coordinación aparente.


Luego del accidentado arribo a Tongoy de mis amores en la primera semana y descubrir que la llegada de los gitanos distaba mucho del estilo de los visitantes de Macondo, y que lejos de carnaval, sorpresas y artilugios, sólo traían la oferta más rentable de la temporada: compra de cobre por kilos, y que la consecuencia no sería otra que la desaparición colectiva de todas las cañerias de la cuadra (incluída las de mi casa) entre carpas y naipes de la suerte, la casa finalmente comenzó a vivir un ambiente más playero y menos neurótico.



Aprovechando las bondades de papu nuevo, nos metimos casi jipeando entre dunas y caminos malditos que te hacian saltar hasta lo impensable (omitiré detalles) para llegar a las playas más solitarias y tranquilas de la bahía. Mucho sol, mucha playa, mucha ola, qué alegría. Pero a pesar de las travesías marinas con mi hermana, los sapitos de agua, la búsqueda del tostado fascinate (que aún persigo) y todas esas cosas bien "playeras" algo me faltaba. Echaba de menos LO importante que dejaba en Santiago, y no refería ni a libros ni a discos ni a peluches ni ningún otro objeto personal de valor incalculable, sino a aquello que sin ser objeto es lo más valioso que tengo. Por otro lado, la cuenta regresiva, ya casi satánica, se volvía cada vez más afixiante y asfixiante y asfixiante.... necesitaba de mi compañero, necesitaba certidumbre, necesitaba una máquina del tiempo que sanara mi momentáneo estado de desesperación total. Un reloj mágico como el de Timy también hubise cumplido el objetivo.



Finalmente, luego de una semana cuya rapidez era prácticamente despreciable (aplicando términos físicos del nunca bien ponderado profe Kike Araya), el domingo 7 de enero cumplió todas las expectativas que para él se tenían. Silencioso, lento y desesperante. Luego de 1553 hrs en que esperé, me dieron por fin las 11:30 de la noche. Yo, que para esa altura ya había contruído un gigantesco campamento frente al único ciber de Tongoy, me había arrumado frente a un computador por lo menos 8 horas antes, con el miedo tremendo de que, tal como otros días, el sucucho tecnológico se transformara en el máximo punto de entrentención para personas que, mágicamente, no podían resistir la necesidad de usar MSN o ver su meil, ¡y justo ese día! A pesar de mi vigilia, no pude encontrar un buen compañero para dicha situación, pero bueno, tuve que resignarme a que el computador más lento de la historia debiera ser mi herramienta clave para revelar finalmente qué cresta iba a pasar esta vez con la PSU. Qué susto. Casi sin poder evitarlo, los satánicos recuerdos del año pasado rondaban mi cabeza. Y aunque muchos no creían en mi incertidumbre, bajo mi cama me esperaba toda mi mochila lista para viajar a Santiago a la mañana siguiente y ver qué hacer si que las cosas no resultaban como todos los que me rodeaban insistían en que iban a salir.


11: 40. Me habla el Tuto, la Nati, luego la Pía, todos mandando links de diferentes páginas donde según no sé quién ya estaba toda la información maldita. Me contaban sus puntajes, y yo, obtusa, sólo me quería regir por los resultados oficiales salidos a las 00 hrs, y que vería en las páginas que Pe había preparado para mí, pero que en momento de la verdad, nunca abrieron (en todo caso, muchas gracias).


5 4 3 2 1 Feliz año nuevo, besos para todos, y el pendejo que estaba junto a mí y con quien había conversado minutos antes en una de esas medidas anti-sicosis-colectiva, que nunca sabes si realmente tranquilizan o te neurotizan más aún, se quejaba a viva voz de sus 790 ptos en matemáticas que no eran los 830 que quería. Yo no me quejaba, tampoco reía, sólo estaba tranquila, porque sabía que mi puntaje, sobrio, me dejaba bien puesta donde deseaba, siii... esa facultad de lectores que añoraba. Salí a la calle, dejé el computador añejo abierto, y miles de mensajes de msn que no volvería a pescar. No supe de la Mari ni Andrés, sólo cuando al regresar a tierra, vi sus ventanas abandonadas con mensajes alentadores para mí y para ellos mismo, al descubrir que en sus casos las cosas no habían funcionado tan bien. Me sentí un poco mal.


Felicitaciones correspondiente de mamá y papá a la distancia. Pe llamó por TE, cariños y abrazos. Me sentía un poco libre, pero a la vez, otro combo repentino me dió en plena cara, y recordé por un instante que no todo se acaba ahí, aunque pareciera que si.


Una semana más. ¿qué era esperar una semana más? Era todo. Había esperado más de un año, y si, una semana no me hacía gracia.


Me dolía todo, como esos indicios de resfrío malditos que no sabes por dónde irán a atacar.
Las horas de sueño se hacían más cortas y las del día tan largas.
Todo confabulaba en mi contra.


Necesitaba hablar y contar,y hablar más aún; mi único confidente: atrapado a 415 kms de mi ubicación, y la comunicación escasa gracias a un plan de celular que era lo único no eterno. Los días se hacían interminables y si, para mí el verano aún ni comenzaba...




9.2.07

Nostalgia del Amarillo

Sólo unas cuantas horas de cuenta regresiva y veremos cómo el Ministro Espejo (¡si! el mismo de los espejitos en diciembre del 2005) dará el vamos más entusiasta para el nuevo Transantiago, disipando así cualquier duda o supocisión de que, una vez más, el "gran proyecto" gubernamental no iba a funcionar; sin embargo, para sorpresa de muchos, hemos visto cómo en esta ocasión, no sólo contabamos con una fecha tope inamovible sino con toda una serie de mecanismos (que han sido corregidos de sus falencias, en su mayoría, a tiempo) cuya labor ha sido intentar hacer un poco más "amable" el gran cambio que como población santiaguina deberemos afrontar a partir de mañana. Sin duda un despliegue gubernamental enorme y bastante positivo, pero que rara vez vemos, y que claro está, extrañamos con creces, sobre todo en causas que parecen ser "chuteadas" mes tras mes, pero que por supuesto, debemos esperar pacientes, tras la resolución "certera" de cada ministro.Si bien el proyecto Transantiago ha sido de lo menos pacífico, el Gobierno, nuevamente en grandes esfuerzos, se ha preocupado de contrarestar toda clase de escepticismos populares, informando lo más oportunamente posible a los transeúntes, de la mano de Bam Bam, acerca de los diversos (y bastante adornados) beneficios que implican el nuevo sistema de transporte: menos tiempo de espera, recorridos más exactos, posibilidad de tomar dos micros a un menor precio, conductores capacitados y con sueldo fijo y por supuesto, nuevas máquinas, más modernas y cómodas y mucho menos contaminadoras, todo esto en el marco de brindar mayor seguridad a pasajeros y choferes. Sin embargo, a sólo horas de comenzar, descubrimos cómo ciertos parámetros están lejos de ser cumplidos: tarjetas bip! fantasmas, choferes con malos sueldos, amenazas de paro y máquinas viejas re-pintadas amenazan con re-establecer los antiguos vicios del transporte santiaguino, los cuales, a la vez, se desean erradicar mediante el nuevo plan.Esperemos que los nuevos recorridos que a partir de mañana rondarán nuestra ciudad nos llenen no sólo de color, sino que también puedan acabar con esta cierta incertidumbre colectiva, que nos demuestren que, al menos una vez, en Chile se pueden hacer las cosas más o menos bien y no mal, o peor, y si aún sienten nostalgia por las viejas micritos del recuerdo, es sólo cosa de raspar la pinturita blanca y verde, y revivir la imagen de la amarilla de siempre.



6.1.07

De los obsesivos y maniáticos

"Cuando la atención se fija más tiempo o con más fecuencia de lo normal en un objeto, hablamos de <<manía>>. El maniático es un hombre con un régimen atencional anómalo. Casi todos los grandes hombres han sido maniáticos, sólo que las consecuencias de su manía, de su <<idea fija>>, nos parecen útiles o estimables. Cuando preguntaban a Newton cómo había podido descubrir su sistema mecánico del universo, respondió: Nocte dieque incubando (<<pensando en ello día y noche>>). Es una declaración de obseso. En verdad, nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional..."


Facciones del amor, V Atención y Manía, Estudios sobre el amor (fragmento), J. Ortega y Gasset

7.11.06


En este post me sinceré; me puse seria también. Me vestí de terno y corbata y me fui directo a las cartas al director que el Mercurio hubiese censurado. Ja! Qué dualidad Señor, qué dualidad!